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La velocidad desde los ojos de un niño. Nunca la habrías imaginado así

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Sin embargo hoy no vamos a tratar el tema desde el punto de vista de la normativa ni de la seguridad, sino de lo que piensa alguien que se sienta en el asiento de atrás y para el cual somos un verdadero ejemplo a seguir, tanto para lo bueno como para lo malo. Hablamos de nuestro hijo que, allí sentado y en silencio, deja la vida en manos de aquel que lo vio nacer.

Así es como nosotros, los niños, vemos la velocidad

Hola a todos. Me llamo Óliver y soy un niño de cuatro años que vive en el norte de España. Me encanta viajar en coche junto a mis padres y por diversos motivos, casi todos los días recorro unos cuantos kilómetros sentado en la parte de atrás en una silla muy bonita que me compraron mis padres cuando yo aún no tenía ni un año.

He de reconocer que para mi, el coche me recuerda a cuando hace años me mecían en la cuna. Casi todos los días pego una cabezadita atrás, después de comer o después de merendar, depende de lo que haya jugado en el parque o lo que me haya cansado en el cole.

Sin embargo, no puedo dormir todas las veces que quisiese porque a mi padre le gusta pisar el acelerador. Y sí, a veces es divertido pero en la mayoría de las ocasiones para mi es muy incómodo, casi como una tortura y ni tan siquiera sé lo que es eso.

Soy todavía pequeño y mi cuello, a veces, no es capaz de soportar correctamente la cabeza, sobre todo en las curvas cuando parece que se me va a caer para un lado o para otro. Por suerte, puedo apoyarla en la “orejeras” de la sillita pero en varias ocasiones he visto como mis orejas rebotaban de un lado a otro sin que yo pudiese hacer nada.

Lo mismo ocurre en las frenadas demasiado bruscas en las que, irremediablemente, la cabeza se me mueve hacia adelante. Quizás si fuese más grande y pudiese ver hacia adelante (el asiento que llevo y mi baja altura me lo impide), podría saber qué es lo que nos encontraremos en la carretera más adelante. Una curva a derecha o a izquierdas, y así preparar en la medida de mis capacidades mi cuerpo. Pero no, no puedo ver casi nada y todo me pilla por sorpresa.

No ocurre siempre porque cuando vamos más despacio, viajar es todo un placer y me entretengo mucho mirando por la ventanilla, viendo animales, casas, el mar... Y es que como viajo en la parte trasera derecha, no puedo ver demasiadas cosas cuando la velocidad es demasiado alta. Los objetos se convierten en manchas borrosas con colores y me cuesta reconocer lo que voy mirando.

Además, en esos momentos no es que mi padre me haga mucho caso. Dice que está concentrado, conduciendo, y aunque le pregunto algunas cosas al final acabo por quedarme callado ya que lo que he visto ya lo hemos dejado atrás y no me lo va a poder explicar.

No sé si alguna vez se ha parado a reflexionar qué supone para mi que el se divierta con el coche. Para mi no es divertido, ni mucho menos, y prefiero cuando vamos mucho más tranquilos, sin prisa. Dice que corre porque nos hemos retrasado por mi culpa, pero también tiene que entender que soy todavía pequeño y me falta mucho que aprender para ser como él. Si hiciésemos las cosas cinco minutos antes no necesitaría ir más rápido.

Donde más miedo me da es en ciudad. Cuando voy caminando por las aceras, a veces mi papá dice al pasar algún coche muy rápido que así no debería ir ese señor porque si tiene cualquier problema, posiblemente haga daño a muchos gente que como yo, estamos disfrutando de un paseo. Somos muy frágiles, no vamos dentro de una caja de metal y aunque vayamos, tampoco estamos seguros.

No puedo dormir, no voy cómodo, me hago daño, no puedo observar las cosas que nos rodean… Por eso te pido que, por favor, papá no corras.

Podéis leer más artículos de nuestro especial sobre la velocidad en nuestras otras publicaciones:

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